Cuando llegábamos al pueblo, a ambos lados de la carretera comarcal, antes de alcanzar el embalse Los Molinos, amapolas y flores amarillas batallaban en desigual lucha por hacerse con las tierras bajas que conducen a la sierra. Olivos, jaramagos, hinojos y margaritas parcheaban el paisaje campestre.
Paramos a repostar en una gasolinera y minutos después dejamos el coche en una cuesta empinada bajo una señal que prohibía aparcar de mayo a noviembre.
En aquellos momentos pensé que seguramente había un lugar mejor, pero descubrí pronto que la verticalidad del camino era inherente al lugar y poco a poco los grados angulares fueron descendiendo en mi impresión general, como cuando la vista se habitúa a la oscuridad. Mi cuerpo, en cambio, todavía no ha olvidado la fatiga del suelo empedrado y las subidas y bajadas de las calles sinuosas, y aún me lo recuerda en forma de pinchazos.
La tía-abuela Josefa y los primos de mi madre, Marijose, Olga y Roberto, fueron los primeros en llegar y nos enseñaron la primera de las dos casas rurales que se habían reservado para los diecisiete miembros de la familia que nos íbamos a encontrar allí.
Una casa grande, de techos altos con vigas de madera y paredes encaladas y con una distribución de un baño por habitación.
La decoración era muy curiosa, con numerosos cuadros y fotografías, a veces recargado todo de cerámicas y objetos antiguos de madera y metal.
Esta casa tenía una habitación espeluznante, cuyo centro lo presidía una cama de matrimonio situada bajo una corona de latón dorado y un cuadro de una inmaculada rodeada de ángeles muy parecida a la de Murillo, pero más feota. No me resisto a colgarla.

Mi tía Marisa, la prima Arantxa y yo debatimos si era un dormitorio anti-líbido o más bien al contrario, un lugar de extraña excitación. Ninguna de las tres dormimos allí, por lo que no pudimos averiguarlo.
Minutos a minutos fuimos reuniéndonos todos en el casino del pueblo en una mesa larga donde las conversaciones tenían el gusto de las patatas alioli, de las patatas bravas y de las ancas de rana rebozadas, muy típicas de la zona.
La cena siguió en un bar de las afueras donde comimos queso, jamón, orejas de cerdo, conejo y más patatas.
El vino envalentonó a los primos para contar chistes. Carlos, de Madrid, empezó con los chistes de vascos, que son como los de los leperos, pero protagonizados por vascos, y José Manuel y Roberto se sumaron con otros cuantos.
Luego nos dividimos para ocupar las dos casas y Alfredo y yo elegimos una habitación de la segunda, más clásica que la habitación espeluznante de la primera. Tenía un nombre en la puerta, “de la abuela”. El tamaño y el crujido de la cama me hicieron pensar que muchas abuelas habían tenido que morir ahí, probablemente. El tríptico publicitario me lo confirmó. Se trataba de una casa de finales del siglo XVIII, llamada Casa Tita Sacramento y ese nombre me llenó la mente de imágenes del México revolucionario, de paisajes desérticos en blanco y negro con mujeres vestidas de luto y hombres duros con grandes bigotes. No sé por qué.
Toda la inmersión en épocas pasadas fue rota al encender el televisor de la habitación. En la pantalla apareció
Donde estás corazón, una película de nazis, anuncios... y de repente me entró mucho sueño.